Nadie te dijo que
tirar un dibujo de tu hijo
iba a doler tanto.

Hoy tu casa está llena de ellos: en la heladera, en el auto, en el fondo de una mochila. Mañana, si NO haces algo,…
NO va a quedar ninguno.


Y no es porque te falte amor o seas un desastre.

Es porque la vida es así y nadie te enseñó qué hacer con
esta montaña.

Esto no te lo dice nadie

Cada vez que mirás esa montaña de papeles sentís dos cosas al mismo tiempo: ternura y culpa.


Lo escribió una madre:

«A veces espero a que se duerman para tirar los dibujos rotos… y me siento un criminal haciéndolo a escondidas».

Otra lo dijo así:

«Me parte el alma cuando me trae un dibujo con la cara de orgullo, y yo por dentro solo pienso: ¿otro más?, ¿dónde lo meto?».

El problema no es la montaña de dibujos. Es la culpa que crece debajo.

El «ya lo ordeno». El «no tengo tiempo». Y el día que te pregunten: «¿Te acordás de mi dibujo del dragón?» y no, no te acordás, porque lo tiraste un domingo de limpieza sin darte cuenta… y vas a tener que mirarlo y decirle que no.

Esa es la infancia de tu hijo en su estado más frágil.
Y si la perdés, no vuelve.


Los que no son padres no entienden esto. Vos sí.

Pero no fallaste

No tenés que elegir entre
una casa prolija y ser
un padre presente.

«Odio el desorden, pero amo a mi hijo» — y sentís que tenés que elegir.
No es verdad: ese dilema es falso, y es el que te tiene atascado. Nadie te enseñó a cuidar
lo más frágil que tenés en casa, así que el azar lo va tirando de a uno. Eso se termina hoy,
sin que ordenes una sola cosa.

Dejame tu correo y te mando la guía para empezar a mirar esos dibujos con otros ojos.

Sin spam. Te escribo seguido, sí. Si te aburro, te das de baja en un click y no pasa nada.

gratis, ahora mismo

Aprendé a leer lo que tu hijo
te está diciendo en sus dibujos
(y vos estás por tirar a la basura).

Dejame tu correo y te mando una guía corta: qué te está diciendo un
dibujo según el trazo, los colores y quién falta en la hoja. Y cuáles son los
que nunca conviene tirar. La leés en cinco minutos y no volvés a mirar la heladera igual.

Sin spam. Te escribo seguido, sí. Si te aburro, te das de baja en un click y no pasa nada.

Lo que te estás preguntando ahora mismo

  • ¿Otro más?. ¿Dónde lo meto?.
  • ¿Y si tiro justo el que él más quería?.
  • ¿Y si me pregunta qué dibujaba de chico y no tengo nada?. Me muero.
  • Se arrugan, se ponen amarillos en el cajón… ¿cuánto les queda?.
  • Si un día no estoy, ¿qué le va a quedar de cuando era chico?.
  • Los abuelos me preguntan por un dibujo… ¿les digo que no sé ni dónde está?.

La respuesta es siempre la misma:
no se pierde nada.

Si te hiciste aunque sea una de estas preguntas, esto es para vos.
Yo me ocupo de la parte que te da culpa; vos quedate con lo lindo.

Ahora imaginá esto

La montaña ya no está.
Y no perdiste ni un dibujo.

La mesa despejada. La heladera sin esa capa de papeles
doblados. La casa respira. Pero ni un garabato fue a la
basura: están todos a salvo, para siempre.

Y los mejores, en un libro de tapa dura que tu hijo va a
abrir a los treinta, o en un cuadro que no pintó ningún
desconocido.El caos, afuera. Lo que importa, guardado.

Por qué a mí

Te podría llenar esto de estrellitas,
reseñas de cinco puntos
y «los clientes
nos aman»
. No lo voy a hacer.

La mejor reseña no te la puedo enseñar yo. Te la diste vos
hace dos minutos, cuando leíste lo de la heladera y
pensaste «este habla de mi casa». Eso no se compra.

Lo que sí te firmo: cada dibujo lo toca una mano, no una
máquina. No tengo fábrica. Te atiendo yo, de padre a
padre. La calidad la pongo con mi nombre.

El tiempo no avisa.
Un día dibuja para vos.
Al siguiente, ya no dibuja.

Si todavía creés que es solo un papel, no entendiste nada.

Quién hace esto

Soy padre. Y guardo cosas.

Dibujos, frases, garabatos, papelitos arrugados con forma de nada. Los guardo porque no quiero olvidarme de lo que importa, aunque esté escrito con rotulador naranja y mala ortografía.

Un día tiré un dibujo de mi hija. No sé qué era. Un sol con gafas. Un león triste. O yo, un lunes. Lo tiré igual. Y después la vi mirarme, sin decir nada, con esa cara que te deja claro que tiraste algo que para ella valía.

Me sentí un imbécil.

Ese día entendí que el problema no es la montaña de dibujos. Es la culpa que crece debajo. Y hoy hago esto
para que a vos no te pase.

— Adrián.

Una última cosa

Un día te va a preguntar si
te acordás. Tené con qué
contestarle.

Dejame tu correo. Te mando gratis la guía para leer los dibujos de
tu hijo y, de a poco, te muestro cómo no perder ninguno. No tenés que
ordenar nada ni decidir nada hoy. Solo no dejarlo en manos del azar.

No te falta tiempo. Te falta empezar.