La forma más fácil de
no perder su infancia
(ni volverse locos ordenando).

El arte de tus hijos en libros y
cuadros personalizados.


Y evitamos que un día digas: «¿por qué no los guardé?»

La forma más fácil de no perder su infancia (ni volverse locos ordenando).

El arte de tus hijos en libros y cuadros personalizados.


Y evitamos que un día digas: «¿por qué no los guardé?»

La forma más fácil de no perder su infancia (ni volverse locos ordenando).

El arte de tus hijos en libros y
cuadros personalizados.

Y evitamos que un día digas:
«¿por qué no los guardé?»

La forma más fácil de
no perder su infancia
(ni volverse locos
ordenando).

El arte de tus hijos en libros y
cuadros personalizados.

Y evitamos que un día digas:
«¿por qué no los guardé?»

SOBRE MÍ.

(Y sobre vos,… un poco también).

Esto lo hice porque un día me dolió tirar algo.

(Y porque vi que no era el único que necesitaba una excusa para conservar lo que vale).

No tengo una bio épica.

No gané premios.

No me iluminé un día desayunando avena con chía.

Soy padre. Y guardo cosas.

Dibujos, frases, garabatos, papelitos arrugados con forma de nada.

Lo hago porque no quiero olvidarme de lo que importa, aunque esté escrito con
marcador naranja y mala ortografía.

Durante un tiempo, mi casa parecía una galería de arte infantil curada por alguien borracho.

Había dibujos en la heladera, en el auto, en el cajón de los cables, en la mochila que no uso.

Y todos tenían algo: una forma rara, un gesto torcido, una frase escrita al revés.

Los miraba con esa mezcla de ternura, agotamiento y duda:

«¿Esto lo guardo?». «¿Lo tiro?». «¿Lo escaneo?». «¿Lo cuelgo?». «¿Lo escondo?».


Un día tiré uno. No sé qué era.

Un sol con lentes. O un león triste. O yo… un lunes.

Lo tiré igual.

Y después la vi mirarme.

A ella. Mi hija.

Sin drama. Sin reclamos.

Pero con esa cara que te deja claro que tiraste algo que para ella era importante.

Y me sentí un auténtico imbécil.

Y te aseguro que no fue por el desorden.

El problema no es la montaña de dibujos que invade la casa.

El problema es la culpa silenciosa que crece con ella.

El problema es el caos. El «ya lo voy a ordenar». El «no tengo tiempo».

El miedo a que un día te pregunten: «¿Te acordás de mi dibujo del dragón?».

Y no, no te acordás. Porque lo tiraste a la basura.

Esa pila de papeles no es desorden. Es la infancia de tus hijos en
su estado más frágil y honesto.

Cada garabato es un mapa de su mundo. Un «te quiero, papá» escrito al revés.

La prueba irrefutable de que, en ese momento, existían y creaban para vos.

Y si lo perdés… no vuelve.


Así que me planté. Dejé de tirar papeles y empecé a buscar una salida,
para no volver a elegir entre el caos y la culpa.

No porque me diera por el diseño.

Ni porque necesitara un proyecto «con propósito».

No para que mi casa quede más linda.

Lo hice porque quiero conservar lo que vale.

Porque me rompe el alma tirar cosas que importan.

Y porque puedo ayudar a otros padres a hacer lo mismo mientras
ganan espacio y paz mental en sus casas.

(Y si además puedo ganarme la vida con eso… mejor todavía).


Hoy hago cuadros y libros con los dibujos de otros hijos.

Y lo hago porque sé lo que se siente guardar cosas sin saber por qué.

Y también lo que se siente tirarlas… y entenderlo después.

No sé si mis cuadros y libros son obras de arte para un crítico.

Pero sé que cuando los ves colgados en la pared o te sentás en el sillón a
contemplar las páginas con tu hijo… te pasa algo por dentro.

Y si te pasa, entonces vale la pena.

PD. No todo el mundo valora esto y me parece perfecto.
Si creés que un garabato es solo un papel sucio que estorba, no me contrates.

Pero si entendés lo que significa guardar esa etapa para siempre y
querés que yo me encargue del caos y la culpa,…

…mirá aquí si tengo hueco este mes: [Enlace]

PD2. Solo acepto 10 pedidos al mes para dedicarles el cuidado artesanal que merecen.
Me mandás lo que tenés y te confirmo si puedo tomar tu encargo.

No tengo una bio épica.

No gané premios.

No me iluminé un día desayunando avena con chía.

Soy padre. Y guardo cosas.

Dibujos, frases, garabatos, papelitos arrugados con forma de nada.

Lo hago porque no quiero olvidarme de lo que importa, aunque esté escrito con marcador naranja y mala ortografía.

Durante un tiempo, mi casa parecía una galería de arte infantil curada por alguien borracho.

Había dibujos en la heladera, en el auto, en el cajón de los cables, en la mochila que no uso.

Y todos tenían algo: una forma rara, un gesto torcido, una frase escrita al revés.

Los miraba con esa mezcla de ternura, agotamiento y duda:

«¿Esto lo guardo?». «¿Lo tiro?». «¿Lo escaneo?». «¿Lo cuelgo?». «¿Lo escondo?».


Un día tiré uno. No sé qué era.

Un sol con lentes. O un león triste. O yo… un lunes.

Lo tiré igual.

Y después la vi mirarme.

A ella. Mi hija.

Sin drama. Sin reclamos.

Pero con esa cara que te deja claro que tiraste algo que para ella era importante.

Y me sentí un auténtico imbécil.

Y te aseguro que no fue por el desorden.

El problema no es la montaña de dibujos que invade la casa.

El problema es la culpa silenciosa que crece con ella.

El problema es el caos. El «ya lo voy a ordenar». El «no tengo tiempo».

El miedo a que un día te pregunten: «¿Te acordás de mi dibujo del dragón?».

Y no, no te acordás. Porque lo tiraste a la basura.

Esa pila de papeles no es desorden. Es la infancia de tus hijos en su estado más frágil y honesto.

Cada garabato es un mapa de su mundo. Un «te quiero, papá» escrito al revés.

La prueba irrefutable de que, en ese momento, existían y creaban para vos.

Y si lo perdés… no vuelve.


Así que me planté. Dejé de tirar papeles y empecé a buscar una salida, para no volver a elegir entre el caos y la culpa.

No porque me diera por el diseño.

Ni porque necesitara un proyecto «con propósito».

No para que mi casa quede más linda.

Lo hice porque quiero conservar lo que vale.

Porque me rompe el alma tirar cosas que importan.

Y porque puedo ayudar a otros padres a hacer lo mismo mientras
ganan espacio y paz mental en sus casas.

(Y si además puedo ganarme la vida con eso… mejor todavía).


Hoy hago cuadros y libros con los dibujos de otros hijos.

Y lo hago porque sé lo que se siente guardar cosas sin saber por qué. Y también lo que se siente tirarlas… y entenderlo después.

No sé si mis cuadros y libros son obras de arte para un crítico.

Pero sé que cuando los ves colgados en la pared o te sentás en el sillón a contemplar las páginas con tu hijo… te pasa algo por dentro.

Y si te pasa, entonces vale la pena.

PD. No todo el mundo valora esto y me parece perfecto.
Si creés que un garabato es solo un papel sucio que estorba, no me contrates.

Pero si entendés lo que significa guardar esa etapa para siempre y querés que yo me encargue del caos y la culpa,…

…mirá aquí si tengo hueco este mes: [Enlace]

PD2. Solo acepto 10 pedidos al mes para dedicarles el cuidado artesanal que merecen. Me mandás lo que tenés y te confirmo si puedo tomar tu encargo.

SOBRE MÍ.

(Y sobre vos,… un poco también).

Esto lo hice porque un día
me dolió tirar algo.

(Y porque vi que no era el único que necesitaba una excusa para
conservar lo que vale).

No tengo una bio épica.

No gané premios.

No me iluminé un día desayunando avena con chía.

Soy padre. Y guardo cosas.

Dibujos, frases, garabatos, papelitos arrugados con forma de nada.

Lo hago porque no quiero olvidarme de lo que importa, aunque esté escrito con
marcador naranja y mala ortografía.

Durante un tiempo, mi casa parecía una galería de arte infantil curada por alguien borracho.

Había dibujos en la heladera, en el auto, en el cajón de los cables, en la mochila que no uso.

Y todos tenían algo: una forma rara, un gesto torcido, una frase escrita al revés.


Los miraba con esa mezcla de ternura, agotamiento y duda:

«¿Esto lo guardo?». «¿Lo tiro?». «¿Lo escaneo?». «¿Lo cuelgo?». «¿Lo escondo?».


Un día tiré uno. No sé qué era.

Un sol con lentes. O un león triste. O yo… un lunes.

Lo tiré igual.

Y después la vi mirarme.

A ella. Mi hija.

Sin drama. Sin reclamos.

Pero con esa cara que te deja claro que tiraste algo que para ella era importante.

Y me sentí un auténtico imbécil.

Y te aseguro que no fue por el desorden.

El problema no es la montaña de dibujos que invade la casa.

El problema es la culpa silenciosa que crece con ella.

El problema es el caos. El «ya lo voy a ordenar». El «no tengo tiempo».

El miedo a que un día te pregunten: «¿Te acordás de mi dibujo del dragón?».

Y no, no te acordás. Porque lo tiraste a la basura.

Esa pila de papeles no es desorden. Es la infancia de tus hijos en
su estado más frágil y honesto.

Cada garabato es un mapa de su mundo. Un «te quiero, papá» escrito al revés.

La prueba irrefutable de que, en ese momento, existían y creaban para vos.

Y si lo perdés… no vuelve.

Así que me planté. Dejé de tirar papeles y empecé a buscar una salida,
para no volver a elegir entre el caos y la culpa.

No porque me diera por el diseño.

Ni porque necesitara un proyecto «con propósito».

No para que mi casa quede más linda.

Lo hice porque quiero conservar lo que vale.

Porque me rompe el alma tirar cosas que importan.

Y porque puedo ayudar a otros padres a hacer lo mismo mientras
ganan espacio y paz mental en sus casas.

(Y si además puedo ganarme la vida con eso… mejor todavía).


Hoy hago cuadros y libros con los dibujos de otros hijos.

Y lo hago porque sé lo que se siente guardar cosas sin saber por qué.

Y también lo que se siente tirarlas… y entenderlo después.

No sé si mis cuadros y libros son obras de arte para un crítico.

Pero sé que cuando los ves colgados en la pared o te sentás en el sillón a
contemplar las páginas con tu hijo… te pasa algo por dentro.

Y si te pasa, entonces vale la pena.

PD. No todo el mundo valora esto y me parece perfecto.
Si creés que un garabato es solo un papel sucio que estorba, no me contrates.

Pero si entendés lo que significa guardar esa etapa para siempre y
querés que yo me encargue del caos y la culpa,

…mirá aquí si tengo hueco este mes: [Enlace]

PD2. Solo acepto 10 pedidos al mes para dedicarles el cuidado artesanal que merecen.
Me mandás lo que tenés y te confirmo si puedo tomar tu encargo.

No tengo una bio épica.

No gané premios.

No me iluminé un día desayunando avena con chía.

Soy padre. Y guardo cosas.

Dibujos, frases, garabatos, papelitos arrugados con forma de nada.

Lo hago porque no quiero olvidarme de lo que importa, aunque esté escrito con
marcador naranja y mala ortografía.

Durante un tiempo, mi casa parecía una galería de arte infantil curada por alguien borracho.

Había dibujos en la heladera, en el auto, en el cajón de los cables, en la mochila que no uso.

Y todos tenían algo: una forma rara, un gesto torcido, una frase escrita al revés.


Los miraba con esa mezcla de ternura, agotamiento y duda:

«¿Esto lo guardo?». «¿Lo tiro?». «¿Lo escaneo?». «¿Lo cuelgo?». «¿Lo escondo?».


Un día tiré uno. No sé qué era.

Un sol con lentes. O un león triste. O yo… un lunes.

Lo tiré igual.

Y después la vi mirarme.

A ella. Mi hija.

Sin drama. Sin reclamos.

Pero con esa cara que te deja claro que tiraste algo que para ella era importante.

Y me sentí un auténtico imbécil.

Y te aseguro que no fue por el desorden.

El problema no es la montaña de dibujos que invade la casa.

El problema es la culpa silenciosa que crece con ella.

El problema es el caos. El «ya lo voy a ordenar». El «no tengo tiempo».

El miedo a que un día te pregunten: «¿Te acordás de mi dibujo del dragón?».

Y no, no te acordás. Porque lo tiraste a la basura.

Esa pila de papeles no es desorden. Es la infancia de tus hijos en su estado
más frágil y honesto.

Cada garabato es un mapa de su mundo. Un «te quiero, papá» escrito al revés.

La prueba irrefutable de que, en ese momento, existían y creaban para vos.

Y si lo perdés… no vuelve.


Así que me planté. Dejé de tirar papeles y empecé a buscar una salida,
para no volver a elegir entre el caos y la culpa.

No porque me diera por el diseño.

Ni porque necesitara un proyecto «con propósito».

No para que mi casa quede más linda.

Lo hice porque quiero conservar lo que vale.

Porque me rompe el alma tirar cosas que importan.

Y porque puedo ayudar a otros padres a hacer lo mismo mientras
ganan espacio y paz mental en sus casas.

(Y si además puedo ganarme la vida con eso… mejor todavía).


Hoy hago cuadros y libros con los dibujos de otros hijos.

Y lo hago porque sé lo que se siente guardar cosas sin saber por qué. Y también
lo que se siente tirarlas… y entenderlo después.


No sé si mis cuadros y libros son obras de arte para un crítico.

Pero sé que cuando los ves colgados en la pared o te sentás en el sillón a
contemplar las páginas con tu hijo… te pasa algo por dentro.

Y si te pasa, entonces vale la pena.

PD. No todo el mundo valora esto y me parece perfecto.
Si creés que un garabato es solo un papel sucio que estorba,
no me contrates.

Pero si entendés lo que significa guardar esa etapa para siempre y
querés que yo me encargue del caos y la culpa,

…mirá aquí si tengo hueco este mes: [Enlace]



PD2. Solo acepto 10 pedidos al mes para dedicarles el cuidado artesanal que merecen.
Me mandás lo que tenés y te confirmo si puedo tomar tu encargo.