Tiré uno de sus dibujos a la basura.
Mi hija me vio hacerlo.
No fue el único que tiré.
Fue el último que perdí.
Estaba apurado.
Lo agarré junto con el resto de los papeles del día.
Lo miré sin mirar.
Y lo tiré.
No recuerdo qué era.
Un sol con lentes. Un león triste. O yo un lunes.
Olivia me vio.
No dijo nada.
Los hijos pueden organizarte un juicio completo sin abrir la boca.
La miré.
Y entendí que acababa de tirar algo que para mí era un papel.
Para ella, no.
No me sentí desordenado.
Me sentí ciego.
Tiré uno de
sus dibujos
a la basura.
Mi hija me vio hacerlo.
No podés guardar todos los papeles.
Sí podés conservar todos los dibujos.
Por eso hoy digitalizo los dibujos de tus hijos para que
puedas sacar los papeles de casa… sin sacar su infancia.
Ya te contaré cómo. Pero antes,… preparé algo que puede servirte esta misma noche.
Nadie los tira todos de golpe.
Un hijo hace seis dibujos antes de la merienda.
Con dos hijos, ya no tenés una casa.
Tenés una imprenta con dormitorios.
Primero fue la heladera.
Después la carpeta.
Después otra carpeta, porque la primera tuvo hijos.
Después el cajón.
Después la bolsa.
El que no tiene un hijo llenándole la casa de papeles te va a dar un consejo brillante:
—Guardá los importantes.
Bárbaro.
El problema es saber cuáles son los importantes cuando tenés doscientos delante, el cajón no cierra y tu hijo jura que todos son sus favoritos.
Y hay algo peor.
El importante no siempre es el más lindo.
Puede ser el primer monigote.
El de las piernas saliendo directamente de la cabeza.
El perro verde que parece una mesa enferma.
El dibujo que hoy parece peor puede ser el único que, dentro de veinte años, muestre hasta dónde llegó.
Un dibujo solo es un día.
Doscientos dibujos ordenados son una persona creciendo.
No los tirás porque no te importen.
Los tirás porque llegan más rápido de lo que podés decidir.
Nunca los tirás todos de golpe.
Se van de a uno.
Un domingo de limpieza.
Un cajón que rebalsa.
Una mudanza.
Una hoja manchada.
Otra que parecía menos importante.
Hasta que un día vas a buscar el del dragón.
El que te pidió que guardaras.
Y no está.
El que no tiene un hijo llenándole la casa de dibujos puede pensar que esto es exagerado.
A vos no. Por eso seguís leyendo.
Lo que pensás cada vez que juntás los del piso
Hasta ahora parecía que solo tenías dos opciones:
– Vivir entre papeles.
– O tirar una parte de su infancia.
Pero hay una tercera:
no se pierde nada.
Si te hiciste aunque sea una de estas preguntas, esto es para vos.
Yo me ocupo de la parte que te da culpa.
Vos quedate con lo lindo.
Ahora imaginá esto
La montaña ya no está.
Y no perdiste ni un dibujo.
La mesa despejada.
La heladera sin esa capa de papeles doblados.
La casa respira.
Y los dibujos siguen ahí.
Ordenados.
Cuidados.
A salvo.
Digitalizo los dibujos de tus hijos, uno por uno.
Después los dejo ordenados en una galería privada que
podés abrir cuando quieras.
Doscientos dibujos sueltos parecen papeles.
Doscientos dibujos ordenados son una persona creciendo.
Y, si querés, los que más te importan dejan de estar enterrados en
otra carpeta y pueden quedar en libros que tu hijo va a abrir a
los treinta o en un cuadro que no pintó ningún desconocido.
Lo pintó él.
No te quedás con todos los papeles.
Te quedás con el recuerdo de todos.
El caos, afuera.
Lo que importa, guardado.
No tengo una bio épica
No gané premios.
No me iluminé desayunando avena con chía.
Soy padre. Y guardo cosas.
Dibujos, frases, papelitos arrugados con forma de nada.
Los guardo porque me rompe el alma tirar lo que importa,
aunque esté hecho con marcador naranja y mala ortografía.
No hago PikiPiki para decirte que vas a ser mejor madre o padre.
Lo hago porque sé lo que se siente tirar algo que importaba…
y darte cuenta después.
Si al leer lo de la heladera pensaste:
«Este está hablando de mi casa», ya sabés que entiendo el problema.
Ahora, entenderlo no alcanza.
Lo que sí te firmo es esto.
Recibo los dibujos.
Los fotografío y edito uno por uno.
Te dejo revisar el resultado antes de imprimir nada.
Cada dibujo pasa por mis manos.
No tengo una fábrica.
No delego el cuidado en una línea de producción.
Te atiendo yo.
Como padre y con mi nombre adelante.
Un día dibuja para vos.
Al siguiente, ya no.
Y nunca sabés cuál fue el último.










